Hay un dicho: “El poder no corrompe, delata”. A nuestra sociedad esto le ocurrió con el descubrimiento de nuestra maldición: El petróleo.
Muchos consideran que es lo mejor que le ha pasado a Venezuela, dicen que, gracias al petróleo nuestro país ha tenido el crecimiento y el desarrollo que hasta ahora percibimos; le agradecen todo tipo de infraestructura que aquí se ha construido y es considerado el carbón de nuestro motor económico. Nos han enseñado a quererlo, adorarlo, hablar bien de él y darle gracias por sus múltiples beneficios, pero no nos han enseñado a aprovechar esos beneficios, sino a despilfarrarlos. Recuerdo en varias oportunidades haber preguntado a algunas personas ¿qué harían si se ganaran la lotería? La respuesta más común suele ser: No trabajaría nunca. Precisamente la sociedad venezolana ya se ganó su lotería con la aparición del “oro negro” y terminamos haciendo exactamente eso, no trabajamos sino que vivimos de los intereses que el petróleo produce gracias a quienes si saben producir con él. Me atrevo a afirmar que la ausencia de entusiasmo para recurrir a la producción antes que al conformismo que generan las limosnas gubernamentales provienen precisamente del tipo de economía que hemos decidido tener y que seguimos apoyando: la renta. Cualquier estado de falso equilibrio genera sensación de estabilidad perpetua y nos hace suponer que nunca empeorará. Con esto me refiero al hecho de que, lo que algunos consideran una dicha como lo es la aparición del petróleo, en realidad ha condicionado nuestro estilo de vida guiando nuestro modelo económico hacia una sociedad totalmente dependiente del petróleo y, por ser así, a quienes deberíamos agradecer enormemente es a quienes han sabido qué hacer con él, sumándole valor e inversión.
Cuando las personas voluntariamente sean capaces de reconocer que un estado de falso equilibrio puede significar “pan para hoy y hambre para mañana” serán capaces de romper los paradigmas que han dirigido el comportamiento de nuestra sociedad, revelándose contra sí mismos y contra los errados principios que dirigen su comportamiento, abriéndole las puertas al trabajo productivo, al respeto a la propiedad privada, reconociendo los valores fundamentales que sirven de guía a la vida humana y que son la razón de su existencia para así consagrarse como defensores inalienables de los derechos individuales. Una vez que las personas asuman una posición firme, motivados por valores racionales que aseguren su libertad plena y que no violen sus derechos ni los de otros, una vez que descubran los beneficios reales de vivir en una sociedad de hombres productivos y libres, enfocando sus prioridades en actividades como la producción y el voluntario intercambio comercial, sólo cuando esto ocurra avanzaremos hacia el desarrollo de una sociedad civil industrializada.
Son precisamente estas sociedades las que no se subordinan a regímenes dictatoriales, que son capaces de enfrentarlos y vencerlos, que cuestionan las premisas que tirano alguno intenta imponer como motivador de sus acciones, que someten sus fundamentos a evaluación de acuerdo a principios racionales y acordes con la naturaleza del ser humano y que no doblegan ante pretensión alguna de supresión de los derechos individuales.
Venezuela puede ser una de estas sociedades, sólo si se atreve.
@jmiguelpgechele
Si te gusta este artículo puede descargarlo y compartirlo con sus contactos

No hay comentarios:
Publicar un comentario