viernes, 22 de junio de 2012

¿Ciudadanos respetuosos de la ley? ¿De qué nos sirve eso?...

Luego de que el gobierno impusiera un sinnúmero de regulaciones y leyes para acorralar a la empresa privada, uno de los principales productores y dueño de la más grande industria de acero del país (Rearden) es visitado por un funcionario del gobierno (Ferris) quien desea chantajearlo por haber irrespetado una ley que le prohibía vender su acero sin el consentimiento de la administración pública.


...
-Así soy yo -concedió Rearden
-Y así lo pensé -dijo Ferris-, Se hizo rico en una época en que la mayoría de los hombres se arruinaban; siempre se las arregló para eliminar obstáculos, mantener en funcionamiento sus altos hornos y conseguir dinero. Ésa es su reputación, así que no querrá volverse poco práctico ahora. ¿De qué le serviría? ¿Qué le importa en tanto siga ganando dinero? De las teorías para la gente como Bertram Scudder, y los ideales para personas como Balph Eubank, y sea usted mismo. Ponga los pies sobre la Tierra. Usted no es de la clase de hombres que permiten que los sentimientos interfieran en los negocios.
-No -dijo Rearden lentamente-. No lo haría por ninguna clase de sentimientos.
Ferris sonrió.
-¿Pensó que no lo sabíamos?- preguntó en el tono sugerente de quien pretende impresionar a un colega en actividades criminales, desplegando ante él una astucia superior-. Esperamos mucho tiempo para conseguir algo de usted. Ustedes, los honrados, son un gran problema y una gran complicación, pero sabíamos que tarde o temprano cometería un desliz y esto era simplemente lo que queríamos.
-Parece que está muy complacido.
-¿Acaso no tengo motivos para estarlo?
-Después de todo, violé una de sus leyes.
-Sí, ¿y para qué cree que se dictan?
El Dr. Ferris no notó la súbita expresión que se había pintado en la cara de Rearden, la de quien acaba de ver por primera vez lo que ha estado intentado descubrir desde hace rato. Por su parte, Ferris había superado el estado de percepción y estaba concentrado en asentar los últimos y decisivos golpes a un animal atrapado en su trampa.
-¿Realmente pensó que queremos que esas leyes se cumplan? -preguntó-. Lo que realmente queremos es que se quebranten. Es mejor que le quede claro que no está tratando con un grupo de niños exploradores, señor Rearden, y ésta no es época para gestos amables. Buscamos poder y vamos directo a él. Ustedes sólo son segundones. Nosotros conocemos los verdaderos trucos y será mejor que lo admitan. No hay forma de gobernar a personas inocentes, porque el único poder que tiene cualquier gobierno es el de lanzarse violentamente contra los criminales. Y bueno: cuando no hay suficientes criminales, los inventamos. Se declaran delictivos tantos actos, que es imposible que la gente viva sin quebrantar alguna ley. ¿Quién quiere una nación de ciudadanos respetuosos de la ley? ¿De qué sirve eso? Pero si uno dicta leyes que nadie puede respetar, que es imposible hacer cumplir, y que no pueden interpretarse de manera objetiva, inmediatamente se crea una nación de transgresores y, enseguida, se puede caer sobre los culpables. Así es el sistema, señor Rearden, así es el juego, y en cuanto lo haya comprendido, será usted mucho más fácil de tratar.
Rearden pudo percibir en su interlocutor el repentino escalofrío de ansiedad anterior al pánico porque una cara sin marcar, procedente de una baraja nueva, acababa de caer sobre la mesa.
Por su parte, Ferris veía en Rearden esa expresión de luminosa serenidad resultado de la súbita solución de un problema oscuro y viejo, un aire de tranquilidad mezclado con anhelo. Había en los ojos de Rearden una claridad juvenil y en la línea de sus labios se pintaba un muy débil toque de desdén. Significara lo que significara -y Ferris no pudo descifrarlo- estaba seguro de una cosa: aquella cara no expresaba sentimiento alguno de culpabilidad.
-Hay un error en su sistema, Dr. Ferris -dijo Rearden sereno, casi con ligereza-. Un error práctico que descubrirá cuando me someta a juicio por haber vendido cuatro mil toneladas de metal Rearden a Ken Danagger.
Pasaron veinte segundos, que Rearden pudo contar lentamente uno tras otro, en silencio. Sólo entonces el Dr. Ferris se convenció de que acababa de escuchar la decisión final de su interlocutor.
-¿Cree que estamos alardeando en vano?-preguntó
Su voz había cobrado repentinamente idéntica cualidad a la de los animales que durante un tiempo había estudiado: sonaba como si estuviera mostrando los dientes a Rearden.
-No lo sé -dijo este último-. Ni me importa.
-¿Va a ser tan poco práctico?
-La calificación de un acto como "práctico" o no, Dr. Ferris, depende de lo que uno desee.
-¿No puso siempre su interés personal sobre todo lo demás?.
-Es lo que estoy haciendo ahora.
-Si cree que vamos a permitir que se salga con....
-Ahora hágame el favor de retirarse.
...
La rebelión de atlas. Ayn Rand

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Datos personales

Mi foto
Cada día, lo que eliges, lo que piensas y lo que haces, es en quien te conviertes. La integridad es tu destino... es la luz que alumbra tu camino.