Ésta es parte de una conversación entre Francisco D´Anconia, industrial, aristócrata y filósofo, cuando visita, en su acería, a Hank Rearden, un hombre que triunfa en la vida por esfuerzo propio, que se ha levantado hasta la posición del máximo industrial del acero del país.
…
Francisco miró un puente de acero que se destacaba en líneas negras contra un fondo rojo, más allá de la ventana, y dijo señalándolo:
“-Cada una de esas vigas tiene un límite de resistencia de la carga a soportar. ¿Cuál es el suyo? –[…]
-¿Es eso lo que teme? ¿Es ésa la causa de su visita? ¿Temía que yo también me desplomara? […]
No se preocupe, no pienso desaparecer. Que todos abandonen y dejen de trabajar: yo no lo haré. Desconozco mi límite, pero es algo que no me preocupa. De lo único que quiero estar seguro es de que nada podrá detenerme.
-Cualquiera puede ser detenido, señor Rearden.
-¿Cómo?
-Sólo se trata de averiguar cuál es el motivo impulsor de las personas.
-¿Qué es eso?
-Debería saberlo, Rearden. Usted es uno de los últimos moralistas que quedan en el mundo. […]
-Me habían llamado de muchas formas, excepto esa. No se imagina lo equivocado que está.
-¿Está seguro?
-Creo que puedo estarlo. ¿Moral? ¿Qué diablos le hizo suponer eso? […]
-Si desea ver un principio abstracto, como es la acción moral, en forma material, ahí lo tiene. Fíjese bien, señor Rearden. Cada viga, cada tubería, cada cable, cada válvula, fue colocado en su sitio en respuesta a una pregunta: “¿Está bien o mal?”. Usted tuvo que elegir lo bueno y mejor dentro de lo que sabía; lo mejor para el cumplimiento de un propósito: el de fabricar acero. Y luego seguir actuando y extendiendo dicho conocimiento para mejorar y volver a mejorar, siempre con su propósito como patrón de todos los valores. Tuvo que actuar de acuerdo con su propio juicio; tuvo que poseer capacidad para juzgar, valor para aceptar el veredicto de su mente y hacer gala de la más pura e implacable consagración al propósito de obrar bien, de hacer lo mejor, lo óptimo. Nada pudo obligarlo a obrar contra su propio juicio, y hubiera rechazado como errónea, e incluso como maléfica, cualquier opinión humana que le hubiese sugerido que el mejor modo de calentar un horno es llenarlo con hielo. Millones de hombres, toda una nación, no fueron capaces de impedirle producir metal Rearden, porque usted estaba seguro de su valor superlativo y del poder que tal seguridad le confería. Pero lo que yo me pregunto, señor Rearden, es: ¿por qué vive de acuerdo con un código de principios en sus tratos con la naturaleza, y con otro distinto cuando trata con seres humanos? […]
-¿Qué quiere decir con eso?
-¿Por qué no se atiene al propósito de su vida de una manera tan rígida y clara como al que mueve esas fundiciones?
-¿A qué se refiere?
-Usted juzga cada uno de los ladrillos de este lugar por su valor en relación con el propósito de fabricar acero. ¿Se ha mostrado tan estricto con respecto al objetivo de su trabajo y al uso de su acero? ¿Qué se ha propuesto conseguir al dedicar su vida a la fabricación de ese metal? ¿Qué principios de valor utiliza para juzgar su vida? ¿Por qué dedicó diez años de encarnizado esfuerzo para producir ese metal? […]
-Si me pregunta eso, quiere decir que no entendería aunque le respondiera.
-Si le dijera que yo lo entiendo pero usted no, ¿me echaría de aquí?
-Debería haberlo hecho de todos modos. Así es que, ¡adelante!: dígame lo que quiera.
-¿Está orgulloso de los rieles de la línea “John Galt”?
-Sí.
-¿Por qué?
-Porque son los mejores que se hayan fabricado.
-¿Por qué los fabricó?
-Para ganar dinero.
-Hay formas mucho más fáciles de ganar dinero ¿Por qué eligió la más dura?
-Usted mismo lo dijo en su discurso durante la boda de Taggart: para cambiar mis mejores esfuerzos por los mejores esfuerzos de otros.
-Si ese fue su propósito, ¿lo ha conseguido? […]
-No –dijo Rearden.
-¿Ha ganado dinero?
-No.
-Cuando exige usted sus energías al máximo con el fin de conseguir lo mejor, ¿espera ser recompensado, o castigado por ello? –Rearden no contestó.- Según todas las normas de la decencia, del honor y de la justicia que conoce, ¿no cree que merecía una recompensa?
-Sí –contesto Rearden en voz baja.
-Pero si se lo castiga, en lugar de recompensarlo, ¿qué clase de código está aceptando?
-Generalmente se supone –siguió Francisco- que vivir en sociedad hace la vida más fácil y segura que quedarnos solos, luchando contra la naturaleza en una isla desierta. Ahora bien, dondequiera que haya un hombre que necesite o use metal, hallará en el metal Rearden una forma de facilitar su vida. ¿Ha facilitado también la suya?
-No –admitió Rearden, siempre en voz baja.
-¿Su vida es la misma que antes de producir ese metal?
-No –repitió Rearden […]
-¡Dígalo!
-La ha hecho más difícil –admitió Rearden…
-Cuando estaba orgulloso de los rieles de la línea “John Galt” ¿en qué clase de hombres pensaba? ¿Deseó que esa clase de línea fuera utilizada por sus semejantes? ¿Por gigantes de la energía productiva como Ellis Wyatt, a quienes ayudaría a alcanzar aún más y más y más objetivos?
-Sí –contestó Rearden vivamente.
¿Deseó verla utilizada también por hombres que, aunque no pudieran igualar la potencia de su mente, igualarían su integridad moral? ¿Hombres como Eddie Willers, que nunca habrían inventado ese metal, pero que harían cuanto pudiesen y trabajarían tanto como usted, viviendo gracias a sus propios esfuerzos, y que al deslizarse sobre sus rieles, dedicarían un momento de silencioso agradecimiento al hombre que les daba más de cuanto ellos podían entregarle a cambio?
-Sí. –contesto Rearden vivamente
-¿Deseaba que lo usaran sinvergüenzas, corruptos, incapaces de realizar un esfuerzo, carentes de la habilidad de un oficinista, pero con sueldos de presidentes de compañías? ¿Hombres que van de fracaso en fracaso esperando que usted pague por ellos, que consideran sus deseos como un equivalente del trabajo que usted hace, y sus necesidades como un derecho superior que merece recompensas más altas que los esfuerzos del otro? ¿Personas que exigen que usted las atienda, que pretenden ver convertida su fortaleza en una esclava silenciosa y sumisa de su impotencia, que proclaman que usted ha nacido para servirlos gracias a su genio, mientras ellas nacieron para gobernar por la gracia de su inutilidad? ¿Qué usted tiene que dar y ellos sólo recibir, que usted ha de producir y ellos consumir, que usted no ha de recibir pago alguno ni en especies, ni en gratitud, de modo que ellos puedan circular por sus rieles, burlarse de usted y maldecirlo, puesto que no le deben nada, ni siquiera el esfuerzo de quitarse un sombrero que también usted ha pagado? ¿Es esto lo que desea? ¿Se sentiría orgulloso?
-Destruiría esos rieles antes de que eso sucediese –dijo Rearden…
-Entonces ¿por qué no lo hace, señor Rearden? De las tres clases de seres que le describí, ¿cuáles están siendo destruidos y cuáles utilizan hoy su línea? […]
El que describí en última instancia, es aquél que proclama su derecho al dinero logrado por el esfuerzo ajeno […]
Usted, se enorgullece de no poner límites a su resistencia, señor Rearden, -continuó Francisco-, porque cree estar actuando bien. ¿Y si fuese lo contrario? ¿Y si estuviera poniendo su virtud al servicio del mal, para así convertirla en una herramienta destructora de todo cuanto ama, respeta y admira? ¿Por qué no defiende su propio código de valores entre los hombres, así como lo hace entre los hornos? Si usted no permite que se registre ni siquiera un uno por ciento de impureza en una aleación, ¿por qué la tolera en su código moral? […]
-Usted, que no quiso someterse a la naturaleza, sino que dedicó su vida a conquistarla y colocarla al servicio de su propia felicidad y de su bienestar, ¿a cuántas cosas se ha sometido por esas personas? Usted, que conoce por propia experiencia que el castigo es producto de los propios errores, ¿cuántos inconvenientes ha aceptado y por qué razón? Durante toda su vida ha sido acusado no por sus faltas sino por sus virtudes. Ha sido odiado, no por sus equivocaciones, sino por sus logros. Se han burlado de usted por las cualidades de las que se siente más orgulloso. Lo calificaron de egoísta por haber tenido el valor de actuar según su propio juicio, y convertirse en único responsable de su vida. Lo calificaron de arrogante por su mente independiente. Lo calificaron de cruel por su inflexible integridad. De antisocial por haber poseído la visión que le permitió aventurarse por rutas todavía sin descubrir. De implacable por la férrea autodisciplina con que llevó a cabo todo. De codicioso por su poder creador de riqueza. Luego de haber generado una inconcebible corriente de energía, se ha visto tachado de parásito. Usted, que produjo abundancia en lugares donde sólo existían descampados y miseria, que antes de su llegada eran habitados por seres que padecían hambre, ha sido tildado de ladrón. Usted, que mantuvo con vida a esos seres, sufre al ser considerado explotador. Usted, el más puro y moral de los hombres, se ha visto desdeñado como un vulgar materialista. ¿Se ha detenido a preguntarles con qué derecho lo califican así? ¿De acuerdo con qué normas? ¿Según qué valores? No, usted lo ha soportado todo en silencio. Se ha inclinado ante su código sin defender jamás el suyo. Sabía qué clase de estricta moral era necesaria para producir un simple clavo, pero dejó que lo calificaran de inmoral. Sabía que el hombre necesita un férreo código de valores para tratar con la naturaleza, pero creyó que no necesitaba ese código para tratar con las personas, y dejó en manos de sus enemigos el arma más mortífera, un arma cuya existencia nunca sospechó ni comprendió: el código moral de ellos es su arma. Pregúntese cuán profundamente y de qué terrible modo lo ha aceptado. Pregúntese qué hace a la vida de alguien un código de valores morales, por qué no puede existir sin él, y también qué ocurre si acepta la pauta equivocada según la cual el mal es el bien. ¿Puedo decirle por qué se siente atraído hacia mí, aun cuando cree que debería maldecirme? Porque soy el primero en otorgarle lo que el mundo entero le debe, y que usted tendría que haber exigido a las personas antes de empezar su trato con ellas: una sanción moral. […]
-Usted es culpable de un pecado muy grave, señor Rearden, mucho más culpable de lo que ellos piensan, aunque no de la manera que predican. El peor de los pecados consiste en aceptar una culpa inmerecida, y eso es lo que ha estado haciendo toda su vida. Estuvo pagando un chantaje, pero no por sus vicios, sino por sus virtudes. Ha accedido a llevar la carga de un castigo inmerecido y dejar que se hiciera mayor cuanto mayor eran sus virtudes, pero tales virtudes son las que mantienen vivos a los hombres. Su código moral, aquel por el que se regía pero que nunca declaró, reconoció ni defendió, es el código que preserva la existencia humana. Si fue castigado por observarlo, ¿cuál era la naturaleza de quienes le aplicaron el castigo?. Si el suyo era el código de la vida, ¿cuál era el de ellos? ¿Qué valores tiene en sus raíces? ¿Cuál es su objetivo final? ¿Cree que se enfrenta sólo a una conspiración para privarlo de su riqueza? Usted, que tan bien conoce la fuente de la riqueza, debería saber que es algo mayor y peor que eso. ¿Me pidió que le dijera el motivo que impulsa a los hombres? Su código moral. Pregúntese adónde lo conduce el código ajeno y qué le ofrece como meta final. Peor que asesinar a alguien es convencerlo de que el suicidio es una virtud. Una maldad peor que arrojarlo a la hoguera es exigirle que lo haga por propia voluntad, y que, además, que levante usted mismo la pira. Según sus propias palabras, son ellos quienes lo necesitan y quienes nada pueden ofrecerle a cambio. Según las palabras de ellos, usted es quien debe sustentarlos porque no pueden sobrevivir sin su ayuda. Considere la liviandad que representa ofrecer su impotencia como declaración de su necesidad… la necesidad que ellos tienen de usted, como justificación de la tortura que le infligen. ¿Está dispuesto a aceptarlo? ¿Quiere conseguir, al precio de su esfuerzo y de su agonía, la satisfacción de las necesidades de quienes lo están destruyendo? […]
[…] si viera a Atlas, el gigante que sostiene al mundo sobre sus hombros, de pie, corriéndole la sangre por el pecho, con las rodillas dobladas y los brazos temblorosos, intentando hacer acopio de sus últimas fuerzas, mientras el globo pesa más y más sobre él, ¿qué le diría que hiciera?
-Pues… no lo sé. ¿Qué… podría hacer? ¿Qué le diría usted?
-Que se rebelara”
La rebelión de atlas – Ayn Rand

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