En la mayoría de los países llamados tercermundistas, que no son más que sociedades estancadas, ahogadas en políticas públicas orientadas al empobrecimiento y en completa contradicción con las prácticas de las sociedades desarrolladas, basta que usted converse con alguno de sus integrantes y, si se atreve a preguntarle ¿Qué es para él un buen gobierno? seguramente entre todos sus argumentos sobre la necesidad de intervención del Estado en todos los aspectos de la vida del individuo, le dirá: "El mejor gobierno es el que propicia la inclusión y la igualdad".
Si usted es de principios capitalistas seguramente esa respuesta le generará un dolor de estómago y no querrá seguir perdiendo su tiempo, reconocerá inmediatamente que esa conversación no tiene ningún sentido y la dará por terminada. Pero si aún siendo de principios capitalistas decide continuar con la conversación, usted podría alegar que los gobiernos actuales propician la inclusión y la igualdad sin vacilar ni un segundo.
¿Por qué realizo tal afirmación?
El sistema socialista es promotor de los "Gobiernos Planificadores". Estos gobiernos tienen el supuesto propósito de establecer los objetivos de la sociedad gobernada en términos de educación, salud, economía, alimentación e infraestructura principalmente. Pretenden construir un país estableciendo regulaciones e imposiciones en todas estas áreas. La historia nos demuestra cómo todos han fracasado. Pero en lo que si han sido acertados es en lograr "inclusión" e "igualdad".
¿Cómo reconocerlo?
Para reconocer el clímax de la inclusión, basta con pasear cualquier ciudad de un país socialista. No existe tal cosa como "zonas industriales" "zonas residenciales" ni "zonas comerciales". La distribución geográfica y demográfica es un "todos contra todos". Quienes desean y pueden pagar para residenciarse y vivir en zonas con calidad de vida tendrán que soportar la mala experiencia de ver cómo se establece a escasos metros un sector marginal, cuyos integrantes se apoderarán de los servicios (agua, luz, electricidad) sin pagarlos. La misma experiencia la tendrá al visitar centros comerciales que podían estar dirigidos a un segmento pudiente y que ahora parecen plazas de pueblo o la tasca del barrio. Y ni hablar de la salud, pues seguramente usted tendrá que compartir la misma habitación de hospital con cualquier otro que "tenga la necesidad", ¿No es eso inclusión?
Para reconocer el clímax de la igualdad, basta con visitar un supermercado. Si usted prefiere comprar en un supermercado que le brinda mejor servicio y no es tan concurrido se percatará que eso no existe, pues las regulaciones de precio en socialismo no dejan espacio para la oferta de un buen servicio porque no lo pueden cobrar. Se verá usted ahí mismo con todos los estratos sociales haciendo la misma cola para comprar las mismas cantidades de productos dadas las políticas de racionamiento en alimentos, tendrá que pelearse por el pollo, por la harina, por la leche y por el papel sanitario, entre mal olientes, marginales, malandros y unos pocos similares a usted. Y ni hablar de si usted se enferma, pues aún teniendo para pagar más deberá hacer la misma cola en la emergencia de un hospital con incontable cantidad de enfermos que seguramente serán atendidos primero que usted dada su "necesidad", ¿No es eso igualdad?
En las sociedades que alcanzan el clímax de estas dos enfermedades sociales, no existen mas que "zonas populares", "hospitales generales", "escuelas públicas", "empleos públicos" y "comercio popular". Sean cuales sean sus presentaciones las experiencias de los ciudadanos serán las mismas: una mescolanza, un revoltijo entre quienes tienen y quienes necesitan. La consecuencia de esto son: las sociedades tercermundistas.

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